DOMINGO XXII
(Tiempo ordinario - Ciclo C)

Hebreos
12,18-19.22-24
Una actitud
fundamental para poder participar en la mesa del Reino de Dios es la humildad
(evangelio). Como el Maestro, también el discípulo opta por el último
lugar, porque también él “ha venido para servir y no para ser servido”. Dice
Santa Teresa de Jesús que la humildad es “andar en verdad”, es decir, no es
humillación masoquista, sino conocimiento auténtico y aceptación de sí mismo,
sin amarguras ni envidias, para poder así ocupar el lugar que nos corresponde en
la vida y llevar adelante la misión que cada uno tiene que cumplir en su
existencia. La otra actitud evangélica de la que hoy nos
habla el texto evangélico es la gratuidad (evangelio). Contra una visión
demasiado mercantilista y oportunista de la vida, el verdadero creyente, a
ejemplo de Jesús, se dona en favor de los demás sin esperar nada a cambio, no
calcula cuando se da y cuando da, y es feliz de ser cercano y solidario con “los
pobres, los inválidos y los ciegos”, los cuales “no pueden pagarle”. La grandeza
del hombre no se mide por el status social, la riqueza, o los títulos
nobiliarios, religiosos o académicos, sino por la riqueza interior del corazón,
es decir, por la capacidad de amar y por la habilidad para discernir con
sabiduría lo que se debe hacer en cada momento de la existencia (primera
lectura).
La primera lectura (Eclo 3,17-18.20.28-29) está tomada del Eclesiástico,
un libro escrito hacia el año 190 a.C., caracterizado por su equilibrio
sapiencial y su mensaje sereno enraizado en la cotidianidad de la vida. El libro
se conoció solamente en griego hasta inicios del siglo XX, pero hoy gracias a
unos importantes descubrimientos en un almacén de manuscritos inservibles (una
geniza) en el Cairo (1896-1964), conocemos más de las dos terceras partes del
texto hebreo original de la obra.
El motivo dominante del texto es la
humildad, que aparece colocada dentro de un contexto más amplio dedicado a las
relaciones sociales. Para el autor del libro, la humildad no es solamente una
virtud humana que nos permite crear relaciones equilibradas y gozosas (v. 17:
“serás amado por los que agradan a Dios”), sino también una actitud fundamental
en la experiencia de Dios, pues nos permite acercarnos a él en la verdad,
reconociendo su grandeza y aceptando nuestra pobre condición (v. 18: “ante el
Señor hallarás gracia”). La condescendencia de Dios se hace accesible a los
humildes, pues como dice el texto griego: “el poder del Señor es grande, pero
acepta que lo honren los humildes” (v. 20). Este v. 20, en la versión hebrea, lo
leemos con una ligera variante: “Es grande la misericordia del Señor y
manifiesta a los humildes sus secretos”. En esta segunda versión se expresa una
idea más conocida en el Antiguo Testamento: Dios colma de gracia a los humildes
(Prov 3,34; Sal 25,14; Mt 11,25; Lc 1,52). En cualquier caso, la humildad del
creyente expresa la aceptación gozosa del protagonismo y del primado de Dios en
la experiencia de fe.
El texto concluye con un proverbio
dedicado al valor de la sabiduría y del discernimiento en la vida del creyente:
“El corazón del hombre inteligente medita los proverbios, y el sabio anhela
tener oídos atentos” (vv. 28-29). Hay una clara relación entre humildad y
sabiduría. El hombre atento, el que sabe escuchar y se deja enseñar, no sólo
demuestra sencillez, sino que también adquiere mayor conocimiento de sí mismo,
de la realidad, y de Dios, alcanzando de esta forma la verdadera humildad, que
en su expresión más lograda no es otra cosa que “andar en verdad delante de
Dios y de los hombres” (Santa Teresa de Jesús).
La segunda lectura (Hb
12,18-18.22-24) concluye la lectura seguida que hemos hecho de la carta a
los Hebreos durante los últimos domingos. El texto nos presenta en paralelo dos
grandes “teofanías” de Dios. La primera, la manifestación de Dios en el monte
Sinaí (vv. 18-19), es presentada como una revelación divina con rasgos
aterradores y demasiado terrenos, según la descripción de Ex 19; la segunda, la
experiencia cristiana (vv. 22-24), es descrita como absolutamente espiritual y
trascendente. Esta última encuentra su culminación, no en una montaña de este
mundo, sino en “la Jerusalén celestial”, es destinada a “los primogénitos
inscritos en el cielo” y realizada a través de Jesús “el mediador de la nueva
alianza”. El texto es un jubiloso canto a la novedad de la nueva alianza,
realizada no en tablas de piedras sino en el corazón del hombre, al mismo tiempo
que una alegre profesión de fe en Cristo que nos otorga el don de la vida eterna
y en el comienzo de la nueva era perfecta y definitiva de la
salvación.
El evangelio (Lc
14,1.7-14) nos coloca delante de una enseñanza de Jesús en ocasión de una
comida en casa de uno de los jefes de los fariseos (v. 1). Observando que los
invitados ocupaban los primeros puestos, Jesús se dirige a todos los comensales
recomendándoles no acomodarse en el primer lugar, sino ocupar siempre el sitio
menos importante, de modo que cuando venga el anfitrión les invite a ocupar un
mejor lugar, “lo cual sería un honor delante de todos los invitados” (vv. 8-10).
Esta primera enseñanza de Jesús se basa sin duda en un proverbio del Antiguo
Testamento: “No te des importancia ante el rey, ni te coloques entre los
grandes; porque es mejor que te digan: ‘Sube acá’, que verte humillado ante los
nobles” (Prov 25,6-7).
Jesús, sin embargo, no ha querido
simplemente dar una norma de urbanidad, sino que ha transformado el antiguo
proverbio bíblico en un una exhortación de carácter religioso y teológico. Su
enseñanza, en realidad, constituye la regla para participar en el banquete del
Reino. Es absolutamente necesario superar el orgullo, la autosuficiencia y el
fariseísmo. Las condiciones ideales para el ingreso en el Reino son: la
sencillez, la aceptación serena de la propia condición humana y la humildad. La
condición de admisión al banquete del Reino de Dios se resume en una sola frase:
“El que se engrandece será humillado, y el que se humilla será engrandecido” (v.
11). El Reino, el amor de Dios, la salvación, son dones gratuitos que el Señor
concede a quien se abre a él sin pretensiones de grandeza. Para entrar en el
Reino, el hombre debe renunciar a considerarse “justo” delante de Dios, debe
rechazar todo intento de autojustificación. No son los propios méritos los que
nos hacen obtener un puesto en la mesa de la comunión con Dios, sino que es su
acción benévola y gratuita la que nos levantará de nuestra propia indigencia
y nos dirá: “Amigo,
sube más arriba” (v. 10).
La segunda parte de la enseñanza de
Jesús, siempre en el contexto de aquella comida, está centrada en la gratuidad
del amor y es destinada directamente al anfitrión y dueño de casa que lo había
invitado a comer (vv. 12-14). Jesús le hace notar que invitar a amigos y
parientes revela un amor fácil, espontáneo y un tanto estrecho. El Reino exige
mucho más. Otra regla de oro para participar del Reino de Dios es abrirse a
todos con un amor generoso y sin límites, un amor que da preferencia “a los pobres, a los
inválidos y a los ciegos”, a los excluidos y marginados del mundo que no pueden
dar nada a cambio.
Jesús propone una nueva forma de
relacionarnos con los demás, no simplemente para quedar bien, buscando algún
tipo de interés económico o social, o esperando algún tipo de recompensa de
parte de los otros. El amor que anima la vida del discípulo es generoso y sin
cálculos, desinteresado y dirigido con preferencia a los más pobres de este
mundo. Aquí se encuentra la orientación de fondo de toda la praxis cristiana y
la identidad fundamental de los hijos de Dios: “Si prestáis a aquellos de quienes
esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores se prestan entre
ellos para recibir lo correspondiente. Vosotros amad a vuestros enemigos, haced el
bien y prestad sin esperar nada a cambio; así vuestra recompensa será grande, y
seréis hijos del Altísimo. Porque él es bueno con los ingratos y malos” (Lc
6,34-35).
Las dos reglas de oro del Reino que
nos propone hoy el evangelio, la humildad y el amor gratuito, se refieren a las
dos vertientes fundamentales de nuestra vida cristiana. La humildad sostiene y
fundamenta nuestra relación con Dios; el amor desinteresado y universal sostiene
nuestra relación con los demás. Quien está lleno de orgullo o apegado a los
bienes materiales, será siempre incapaz de gozar de la fiesta del Reino y no
podrá disfrutar nunca de la libertad del desprendimiento ni del gozo de la
sencillez. Sólo quien vive delante de Dios como un pobre, y delante de los demás
como hermano, podrá participar un día de la gozosa
fiesta de la Jerusalén del cielo.