DOMINGO XX

Tiempo ordinario – Ciclo B

 

Proverbios 9,1-6

Efesios 5, 15-20

Juan 6, 51-58

 

            La celebración eucarística asume la forma de un banquete en el que se renueva la alianza y se actualiza la salvación. En la primera lectura de hoy escuchamos la invitación que la Mujer-Sabiduría hace para que coman de su pan, adquiriendo así aquella prudencia e inteligencia que hace la vida serena y feliz. Para obtener esta sabiduría es necesario aprender a descubrir la voluntad de Dios. Este es el tema de la segunda lectura, en la cual también se nos invita a vivir dóciles al Espíritu, en continua alabanza y agradecimiento al Señor. Para el cristiano, el banquete de la eucaristía es el memorial del evento salvador de Cristo, fuente inagotable de sabiduría y de vida.  (evangelio).

 

            La primera lectura (Prov 9,1-6) nos presenta la invitación pública que hace la Sabiduría, personificada como una eminente matrona, para el banquete que ha preparado. La comida tiene lugar en su casa, una casa amplia y hermosa, donde hay sitio para todos (una casa de “siete columnas”). La sabiduría no hace acepción de personas y de ella pueden participar todos sin excepción, por eso envía a sus criadas a proclamar la invitación “a los lugares más altos de la ciudad”, para que todos escuchen. El banquete es símbolo de comunión y de intimidad. El pan y el vino que constituyen la comida significan la enseñanza de la sabiduría, y participar de este banquete es aceptarla para que oriente todos los aspectos de la vida. En la teología del Antiguo Testamento la sabiduría es una actitud fundamental del hombre y del creyente. Los sabios se esforzaban en buscar y enseñar todo aquello que podía ser de ayuda al ser humano para orientarse en este mundo y de esta forma vivir y actuar mejor. En la etapa más madura de la reflexión sapiencial bíblica, la sabiduría llega a coincidir con la fe y con la obediencia a la Palabra del Señor: “el principio de la sabiduría es el temor del Señor” (Prov 1,7). El hombre sabio, por tanto, es aquel que conoce el arte de vivir, no sólo iluminado por la experiencia de los años, sino también por la Ley del Señor. Por eso es fundamental buscar la sabiduría: “meditar sobre ella es la perfección de la prudencia, y el que por ella se desvela estará libre de inquietud” (Sab 6,15). Nuestro texto termina, en efecto, con esta exhortación de la Mujer-Sabiduría: “Dejen la inexperiencia y vivirán, sigan el camino de la inteligencia” (Prov 9,6). Es indudable que Juan, en la elaboración de su discurso cristológico-eucarístico de la sinagoga de Cafarnaún, ha usado temas, evocaciones y datos de la literatura sapiencial, particularmente en relación con el tema del “comer” de Cristo Pan y Sabiduría de Dios.

 

            La segunda lectura (Ef 5,15-20) pertenece a un amplio apartado de Pablo sobre las virtudes cristianas, las cuales va proponiendo al creyente cristiano casi como una revisión de vida. Como en la primera lectura (Prov 9,1-6), el hombre también aquí está llamado a no dejarse guiar por la necedad y la superficialidad. Tratando de captar el sentido de “los signos de los tiempos” (Ef 5,16), tiene la posibilidad de seguir el camino de la vida verdadera si escucha “la voluntad del Señor” (v. 17), si logra discernir tal voluntad entre las tantas propuestas e invitaciones que surgen en la vida cotidiana y en el entramado socio-cultural del momento. Nace así un hombre nuevo, un hombre que sabe que ha recibido todo como don, que sabe que es amado y que siente, por tanto, la necesidad de agradecer y de celebrar a Dios (vv. 19-20).

 

            El evangelio (Jn 6,51-58) corresponde a la última parte del discurso que Juan pone en boca de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún. Jesús se presenta como “el pan vivo bajado del cielo”, que comunica la vida a quien lo “come” (v. 51). En el v. 58 se añade una explicación ulterior: “Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el pan que comieron sus antepasados. Ellos murieron; pero el que coma de este pan, vivirá para siempre”. El maná dado por Dios en el desierto, en realidad, anunciaba el verdadero “pan” que es Jesús, dado por Dios y que se da así mismo hasta la muerte a fin de realizar nuestro paso de la muerte a la vida.

Cuando el texto evangélico afirma: “el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (v. 51), “carne” (griego: sarx) designa la condición terrena de Jesús. El mundo encuentra la vida en la medida en que acepta y se adhiere incondicionalmente a Jesús, la Palabra que se ha hecho carne (Jn 1,14), el Hijo salvador del mundo (Jn 4,42). Se afirma con fuerza, en primer lugar, el efecto vivificante de la encarnación (“mi carne”) y la dimensión salvadora de la muerte de Jesús (“yo daré”) como fuente de vida para el mundo. Sólo en un segundo momento se puede hacer de estas palabras una lectura derivada de carácter sacramental-eucarístico. En los vv. 53-56 se profundiza sobre la misma temática: “Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna... mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”. Los términos “carne” y “sangre” vuelven a evocar la condición humana del Hijo del hombre; y los verbos “comer” y “beber” aluden de nuevo al acto de adhesión sin reservas a Cristo que se ha entregado a la muerte por la salvación del mundo.

El texto joánico es una invitación a acoger en la fe el don de la entrega de Jesús en la cruz para darnos la vida, que crea ya en nuestra condición histórica una comunión recíproca y misteriosa entre Cristo y el creyente, que Juan designa con el verbo “permanecer” (v. 56: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”). Quien cree en Jesús y vive en comunión de fe y amor con él, quien se alimenta de su palabra y se ha abierto a su misterio de entrega en la cruz, se ve introducido misteriosamente en el horizonte de la amistad divina. Este “permanecer” mutuo que se produce entre Cristo y el creyente es quizás el mensaje más profundo del cuarto evangelio. Al manifestar la comunión del discípulo con el Hijo, el evangelista piensa en aquella otra relación, eterna y originaria, que es la comunión entre el Padre y el Hijo. La relación Padre-Hijo es el modelo y la fuente de la inmanencia y de la comunión recíproca entre Jesús y el discípulo: “Como el Padre que me envió posee la vida y yo vivo por él, así también, el que me coma vivirá por mí” (v. 57). Toda vida, toda comunión, tanto la del Padre y del Hijo, como la del Hijo y el creyente, tiene su origen en el Padre, que “posee la vida”. Así como el Hijo es enviado y vive por el Padre, el creyente que “come el pan”, que es Jesús, vivirá por él.

El cuarto evangelio describe así la realidad culminante de la eterna alianza entre Dios y el hombre, realizada en Jesucristo. Un misterio de amor y de comunión que se actualiza y se experimenta de forma excepcional en el misterio de la Cena del Señor. Es indudable el eco eucarístico presente en el discurso de Cafarnaún. Ciertamente el sentido original del texto evangélico hay que buscarlo en el llamado que Juan hace a creer en el Hijo del hombre, que ha vivido entre nosotros y se ha entregado a sí mismo, sufriendo la muerte para la vida del mundo. Ahora bien, todo esto se realiza en forma sacramental en la comunión eucarística con el cuerpo y la sangre del Señor. En la acción simbólica de “comer” el pan y “beber” de la copa del Señor (cf. 1 Cor 11,26) se hace presente aquel misterio del que habla Juan en el evangelio: “el que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (Jn 6,56). En la Eucaristía, el creyente no sólo significa y expresa su fe en el misterio del Hijo del Hombre, que ha bajado del cielo y ha dado la vida al mundo, sino que encuentra el alimento para esa misma fe. “Comer” sacramentalmente el Pan de la vida es entrar en comunión con Aquel que ha bajado del cielo y ha dado la vida al mundo.