DOMINGO XV

Tiempo Ordinario (Ciclo A)

 

Mons. Silvio José Báez, o.c.d.

Obispo Auxiliarde Managua

 

 

 

Is 55,10-11

Rom 8,18-23

Mt 13,1-23

 

Las lecturas bíblicas de este domingo proclaman con certeza el poder de la Palabra de Dios, que es fuente de vida y de luz en la historia humana. Palabra creadora y profética, “palabra eterna, más estable que el cielo” (Sal 119, 89), “más valiosa que el oro y la plata”, “más dulce que miel en la boca” (Sal 119, 72.103). Palabra que como evento y alegre noticia, congrega a nuestras comunidades, fortaleciendo su fe y alentando su esperanza.

 

La primera lectura (Is 55,10-11) es un breve canto a la fecundidad y eficacia de la palabra de Dios, verdadera protagonista de la historia de la salvación. El texto es una especie de epílogo a todo el libro del Segundo Isaías (Is 40-55), el profeta anónimo que durante el tiempo del exilio animó la esperanza del pueblo y anunció el feliz retorno a la tierra. En los capítulos 40-48 anuncia a los desterrados la liberación del dominio de Babilonia, mientras que en los capítulos 49-55 parece dirigirse al segundo grupo de los que regresan a la patria y emprenden la reconstrucción del país. Desde el primer capítulo de su obra, el profeta proclama la certeza en el poder de la palabra divina: “Se seca la hierba, se marchita la flor, pero permanece para siempre la palabra de nuestro Dios” (Is 40,8).

Al final de su libro, encontramos palabras semejantes: “Como la lluvia y la nieve caen del cielo y sólo regresan allí después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será la palabra que sale de mi boca: no regresará a mi vacía, sino que cumplirá mi voluntad y llevará a cabo mi encargo” (Is 55,10-11). La palabra de Dios es eficaz y fecunda, como el agua de la lluvia que, como dice el salmista, hace “germinar los pastos del desierto, llena a las colinas de alegría, cubre de rebaños las praderas y viste de trigo a los valles” (Sal 64).

La imagen usada por el profeta es sugestiva y esperanzadora. La lluvia, expresión privilegiada de la bendición de Dios, desencadena el ciclo de la fertilidad en la naturaleza. Un ciclo que no se detiene pues se producen nuevas semillas que generarán nuevas cosechas. Así es la palabra de Dios: desencadena en la historia humana el dinamismo de la salvación divina, proclamando el proyecto de Dios y realizándolo efectivamente. Sin embargo, a diferencia de la lluvia y de la nieve que bajan del cielo e inexorablemente empapan la tierra y la hacen fecunda, la palabra divina se enfrenta con la libertad del hombre que la acoge o la rechaza.

La palabra de Dios no hace surgir la salvación en forma mágica. El designio de Dios se realiza a través de la aceptación y la escucha del hombre que se abre al mensaje de Dios y lo pone en práctica. Las palabras del profeta quieren infundir ánimo y esperanza al pueblo que debe volver a su tierra y reconstruir su fe y su nación. Son una invitación a confiar en la promesa del Señor que ha prometido la liberación. Aunque resulta impredecible la forma concreta en que Dios realizará sus planes de salvación, las palabras proféticas ciertamente se cumplirán: la palabra de Dios no volverá a él vacía, “sino que cumplirá su voluntad y llevará a cabo su encargo” (Is 55,11).

 

La segunda lectura (Rom 8,18-23) invita también a conservar la certeza de que Dios llevará a cabo su obra de liberación de la humanidad y del entero cosmos. La misma naturaleza espera anhelante, casi con la cabeza en alto, que se manifieste “lo que serán los hijos de Dios” (v. 19). Pablo da dimensión cósmica a la redención. El universo entero, ahora sujeto al desorden y a la esclavitud (v. 20), espera participar de “la gloriosa libertad” que Dios tiene preparada para sus hijos (v. 21). Mientras tanto, “la creación entera gime con dolores de parto” (v. 22), y los mismos cristianos, que “poseemos las primicias del Espíritu”, “gemimos en nuestro interior suspirando para que Dios nos haga sus hijos y libere nuestro cuerpo” (v. 23).

La liberación final de los hijos de Dios se describe como liberación de la corrupción mortal, la última esclavitud humana (cf. 1 Cor 15,26). Si la corrupción es esclavitud, el esclavo es “rescatado” para la inmortalidad, que es libertad. También el cuerpo participa de la condición filial de los hijos de Dios. La intervención final de Dios hará posible la transformación radical del hombre y de las mismas estructuras materiales del cosmos. Mientras vivimos expectantes, anhelando la liberación, sufrimos los dolores de un “parto” que anuncia la llegada de una nueva condición humana, a imagen de Cristo, “nuevo Adán”. Nos anima la firme esperanza de que “los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria que un día se nos manifestará” (Rom 8,18).

 

El evangelio (Mt 13,1-23) está tomado del capítulo 13 de Mateo, en donde el evangelista reúne en un solo bloque literario diversas “parábolas” de Jesús. Básicamente son comparaciones que ilustran o revelan aspectos de la vida y que casi siempre despiertan la curiosidad y desafían el ingenio de los oyentes, invitándolos a descubrir un sentido oculto y novedoso que se esconde detrás de la comparación. El tema de las parábolas de Jesús es siempre el reino de Dios, es decir, su proyecto salvador y su forma de actuar en la historia, tal como se ha manifestado en Cristo en la plenitud de los tiempos. Las parábolas exponen el reino de Dios, no como teoría, sino como proclamación que exige respuesta para ser comprendida. Son un llamado urgente a la escucha de la palabra del reino y una invitación a su acogida en forma perseverante y activa.

El evangelio de hoy describe a Jesús que “sale de casa y se sienta a la orilla del lago” (v. 1). Allí “se reunió en torno a él mucha gente… y él les hablaba de muchas cosas por medio de parábolas” (vv. 2-3). Jesús deja la casa, el lugar de la instrucción reservada a los discípulos, para dirigirse a la gente a la orilla del lago. La primera parábola que Jesús cuenta es todo un mensaje de esperanza para sus oyentes: el sembrador ha salido a lanzar la semilla sin preocuparse de elegir el terreno. De hecho tres cuartas partes de la semilla se pierden a causa de las condiciones adversas y precarias de la tierra en que cae. Sólo la semilla que cae en terreno bueno da un fruto abundante. La parábola describe el dinamismo y la eficacia de la palabra del reino, proclamada por Jesús, inspirándose en el modo de sembrar de los campesinos de Israel en aquel tiempo, que acostumbraban sembrar, no después, sino antes de arar el terreno. El arado venía después de la siembra para quitar los obstáculos de la tierra y enterrar la semilla.

El sentido original de la parábola de Jesús es claro. No obstante las dificultades del terreno y las malas hierbas que amenazan sofocar la semilla, la cosecha al final será grandiosa. A pesar del rechazo y la incomprensión que sufre la palabra y la misión de Jesús, el reino de Dios se hará presente con una gloria y una fuerza inesperada: “La semilla que cayó en tierra buena, es como el que oyó la palabra y la entiende; éste da y produce fruto, sea cien, setenta o treinta” (v. 23). Para la gente que oía a Jesús a la orilla del lago, la parábola era una advertencia y un llamado, al estilo de los antiguos profetas. Es inútil que las autoridades judías y los maestros de la ley se opongan a la misión de Jesús: es imposible frenar la llegada del reino. Para los lectores cristianos del evangelio de Mateo, la parábola es una exhortación calurosa a escuchar la palabra de Jesús y ponerla en práctica.

La explicación de la parábola (vv. 18-23) es una especie de homilía, creada por la comunidad cristiana, que pone el acento, no ya en la acción de Dios que gratuita y poderosamente anuncia su palabra, sino en la respuesta del hombre que está llamado a escucharla y acogerla. La explicación se convierte en una exhortación dirigida a los cristianos para que la aceptación del evangelio no sea ahogada por las dificultades con las que se van encontrando. El acento no se pone tanto en el sembrador y en la semilla, sino en el terreno. La parábola original era un llamado a contemplar con fe la acción poderosa de la Palabra de Dios, su explicación es una invitación seria al compromiso moral y existencial que exige la Palabra. El tema central de la explicación es “la escucha” y la “comprensión” de la Palabra que, en sentido bíblico, supone la atenta maduración del mensaje evangélico en el corazón y su correspondiente puesta en práctica en la vida concreta. Los pájaros que se comen la semilla caída al borde del camino revelan un corazón poseído por el maligno, que arranca lo que ha sido sembrado. Los terrenos pedregosos con poca profundidad, en donde solo es posible el nacimiento de un débil retoño que luego es quemado por el sol, revelan a los inconstantes, los frágiles, los débiles que sucumben ante la primera prueba. El terreno lleno de espinas y maleza es el símbolo de los superficiales e inestables, esclavos del bienestar, del orgullo y del placer.

La imagen de Jesús que, como sembrador entusiasta y confiado, lanza la semilla de la palabra del reino, sin preocuparse demasiado de elegir el terreno, nos habla de la gratuidad del mensaje de Dios destinado a todos los hombres sin distinción. La misma parábola también nos pone delante del fuerte contraste que se da entre la siembra generosa de Dios y la mezquina respuesta del corazón humano representado por los terrenos improductivos. Por encima de todo permanece una certeza fundamental: la Palabra de Dios es una palabra eficaz que no se detiene delante del rechazo de los hombres, sino que encuentra acogida en el corazón de unos pocos, en el corazón de los pobres que la aceptan con alegría y confianza.