Mons. Silvio José Báez, o.c.d.

Obispo Auxiliar de Managua

 

 

 

Hch 2,42-47

1Pe 1,3-9

Jn 20,19-31

           

            El evento y el anuncio de la resurrección de Jesús interpelan la vida del creyente. Quien cree en el Resucitado experimenta una gracia que orienta y transforma toda su existencia. Las lecturas bíblicas de este domingo sintetizan el núcleo de la experiencia pascual a través de dos líneas, que se entrecruzan y complementan en profunda unidad: la dimensión horizontal de la vida comunitaria y la dimensión vertical de la fe y del gozo espiritual que produce la experiencia del Dios de la vida.

 

La primera lectura (Hch 2,42-47) es una descripción de esa nueva forma de “vivir” y de “convivir” que surge de la fe en la resurrección del Señor y que constituye la comunidad cristiana. El cuadro que Lucas nos ofrece de aquella primera iglesia, aunque ciertamente presenta algunos rasgos idealizados, es vivísimo y provocador. El texto pertenece al tipo de relatos conocidos como “sumarios”, en los cuales Lucas ofrece en los Hechos de los Apóstoles breves resúmenes de la vida de la iglesia, con el objeto de marcar algunos momentos de transición y ofrecer al lector una pausa de reflexión acerca del sentido de los acontecimientos relatados. El sumario de Hch 2,42-47 está estructurado en base a cuatro elementos que constituían como las columnas básicas de la vida de la iglesia de Jerusalén.

(a) La enseñanza (didajé) de los apóstoles hace referencia al conjunto de la predicación apostólica, normativa y fundamental para la iglesia entera.

(b) La comunión (koinonía) indica la unidad espiritual existente entre los creyentes como consecuencia de la fe en el Señor Resucitado (cf. Hch 4,32), la cual se manifiesta externamente en la solidaridad, en la comunión de bienes materiales y en la total igualdad socio-económica. El término “koinonía”, que aparece en la obra de Lucas sólo en Hch 2,42, no se reduce a una comunión de ideales espirituales, ni a la reunión de los creyentes durante el culto, sino que subraya también la solidaridad y la igualdad económica que brota entre los creyentes, los cuales tienen “un sólo corazón y una sola alma” (cf. Hch 2,44; 4,32.34). Se abandonan incluso los propios bienes, no por el deseo de ser pobre, sino con el fin de que no hayan pobres entre los hermanos. La “koinonía” no es tanto un ideal de renuncia o de pobreza voluntaria, sino la expresión de una caridad concreta y realista (cf. Hch 2,45; 4.32).

(c) La fracción del pan es una expresión que con toda probabilidad indica la Eucaristía, que era celebrada durante las comidas en común en las casas (cf. Hch 20,7; 1 Cor 10,16). Lucas subraya que eran comidas celebradas con el “gozo por haber creído” (cf Hch 16,34) y con la convicción de la presencia del Señor en medio a los suyos reunidos para la Eucaristía (cf Lc 24,31.35).

(d) Las oraciones hacen referencia muy probablemente a la práctica orante en el Templo de Jerusalén a horas fijas (tres veces al día), según el uso judío y como es atestiguado en la Diadajé (Did 8; cf. Hch 3,1). Como lo hacían los judíos piadosos de Jerusalén, también los cristianos frecuentaban cotidianamente el Templo. En efecto, dice Lucas: “acudían diariamente al Templo” (Hch 2,46). Los primeros cristianos se insertan en el centro religioso de Israel, en continuidad con el ejemplo de Jesús (cf. Lc 19,47) y de los Apóstoles (cf. Lc 24,53). Allí “alaban a Dios” (Hch 2,47), afirma Lucas. La alabanza gozosa es también un rasgo de la iglesia como espacio y testigo del tiempo de la salvación. Los primeros cristianos alababan a Dios, tanto en el Templo como en las casas, con lo cual la oración abrazaba la vida entera de los creyentes.

 

La segunda lectura (1 Pe 1,3-9) es una especie de himno de apertura de toda la primera carta de Pedro, cuyo tema central es el profundo gozo del creyente por la herencia que ha recibido en la fuente bautismal y que lo conducirá a la plena participación del reino. El punto de partida de la vida de fe es “la regeneración” bautismal que nos infunde una “esperanza viva” gracias a la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos (v. 3). El punto de llegada es “la salvación dispuesta a ser revelada en el último momento” (v. 5), “la Revelación de Jesucristo” (v. 7), es decir, la última manifestación del Señor glorioso. Entre el punto inicial y el punto de llegada se despliega el camino de fe del creyente, marcado por la oscuridad, el dolor, la soledad y las pruebas de la vida (v. 6). Sin embargo, los creyentes, aun en medio de las dificultades de la existencia terrena, “rebosan de alegría” (v. 6), pues viven en comunión de amor y de fe con el Aquel que ha vencido la muerte y el pecado, “a quien aman sin haberlo visto; en quien creen, aunque de momento no lo vean, rebosando de alegría inefable y gloriosa” (v. 8).

 

El Evangelio (Jn 20,19-31) nos presenta la Resurrección de Jesús en términos de "encuentro con el Resucitado", para mostrar cómo los primeros testigos de la pascua llegaron a la fe y cómo podemos llegar también nosotros a creer. La composición del texto es muy sencilla: tiene 2 partes (vv. 19-23 y vv. 26-27) unidas por la explicación de los vv. 24-25 sobre la ausencia de Tomás. Las dos partes inician con la misma indicación sobre los discípulos reunidos y en ambas Jesús se presenta con el saludo de la paz (vv. 19.26).

En la primera parte del texto, en el bloque compuesto por los vv. 19-23, se nos da una indicación temporal (es el primer día de la semana) y una indicación espacial (las puertas del lugar están cerradas). La referencia al primer día de la semana, es decir, el día siguiente al sábado (el domingo) evoca las celebraciones dominicales de la comunidad primitiva y nuestra propia experiencia pascual que se renueva cada domingo.

La indicación de las puertas cerradas quiere recordar el miedo de los discípulos que todavía no creen, y al mismo tiempo quiere ser un testimonio de la nueva condición corporal de Jesús que se hará presente en el lugar. Jesús atravesará ambas barreras: las puertas exteriores cerradas y el miedo interior de los discípulos.A pesar de todo, están juntos, reunidos, lo que parece ser en la narración una condición necesaria para el encuentro con el Resucitado; de hecho Tomás sólo podrá llegar a la fe cuando está con el resto del grupo.

Jesús "se presentó en medio de ellos" (v.19). El texto habla de "resurrección" como venida del Señor. Cristo Resucitado no se va, sino que viene de forma nueva y plena a los suyos (cf. Jn 14,28: "me voy y volveré a vosotros"; Jn 16,16-17) y les comunica cuatro dones fundamentales: la Paz, el gozo, la misión, y el Espíritu Santo. Los dones pascuales por excelencia son la paz (el shalom bíblico) y el gozo (la járis bíblica), que no son dados para el goce egoísta y exclusivo, sino para que se traduzcan en misión universal. La  misión que el Hijo ha recibido del Padre ahora se vuelve misión de la Iglesia: el perdón de los pecados y la destrucción de las fuerzas del mal que oprimen al hombre. Para esto Jesús dona el Espíritu a los discípulos.  En el texto, en efecto,  sobresale el tema de la nueva creación: Jesús "sopló sobre ellos", como Yahvé cuando creó al hombre en Gen 2,7.

Con el don del Espíritu el Señor Resucitado inicia un mundo nuevo, y con el envío de los discípulos se inaugura un nuevo Israel que cree en Cristo y testimonia la verdad de la resurrección. Como "hombres nuevos", llenos del aliento del Espíritu en virtud de la resurrección de Jesús, deberán continuar la misión del "Cordero que quita el pecado del mundo": la misión de la Iglesia que continúa la obra de Cristo realiza la renovación de la humanidad como en una nueva obra creadora en virtud del poder vivificante del Resucitado.

 

En la segunda parte del texto, en el bloque compuesto por los vv. 26-27, se nos narra una experiencia similar vivida ocho días después. La primera vez Tomás, uno de los discípulos, no estaba presente y no cree en el testimonio de los otros que han visto al Señor (vv. 23-25). Quiere identificar a Jesús con las huellas de la cruz. Ocho días después otra vez están todos, incluido Tomás, y Jesús "viene" (v. 26). Es significativo el hecho que el relato utilice el verbo "venir" en presente y no en pasado: es una manera de decir que aquella experiencia se repite una y otra vez en la vida de la Iglesia.

Jesús invita a Tomás a dejar de ser apistós (no-creyente) y llegar a ser pistós (creyente).  A Tomás no se le revela en particular sino en medio de la comunidad; allí - y no en otro sitio - podrá Tomás ver al Señor y profesar su fe. Después de haber hecho experiencia personal de Jesús como los otros, Tomás cree y su profesión de fe es plena: "Señor mío y Dios mío" (cf. Sal 35,23). La fe o es experiencia o no es fe. En realidad, la resistencia de Tomás a creer revela su honestidad. Nada puede reemplazar la experiencia de un contacto personal con Cristo. Tomás no es rechazado ni por Jesús ni por la comunidad. Jesús no le critica sus dudas a Tomás, sólo lo invita a profundizar en ellas con confianza, de tal manera que llega a creer plenamente, renunciando a cualquier tipo de comprobación. Viviendo la experiencia personal de Jesús ya no siente necesidad de pruebas. Le basta saber que Jesús ha llegado a él, que lo ama y que lo invita a creer. Sólo cuando afrontamos con serenidad y honestidad nuestras dudas, sin apartarnos de la comunidad y abiertos a la experiencia personal de Jesús, maduramos en la fe. Sólo así superamos una fe superficial basada en lo que otros dicen o expresada en repetición de fórmulas frías. Tomás es un modelo de camino creyente. El camino que debemos hacer todos una y otra vez. El camino que debemos hacer pesonalmente y en comunidad para crecer en amor y fe en Jesús.

El texto concluye con unas palabras de Jesús que originalmente fueron la conclusión del evangelio de Juan antes de que le fuera añadido el capítulo 21: "Dichosos los que han creído sin haber visto" (Jn 20,29). La fe pascual en el futuro estará siempre fundamentada en el testimonio de aquellos primeros discípulos que "vieron" a Jesús y han dado testimonio de ello. Esta es la verdadera fe pascual: "todavía no lo han visto, pero lo aman; sin verlo creen en él y se alegran con un gozo indescriptible y radiante, así recibirán la salvación, que es la meta de su fe" (1 Pe 1,8).

 

 

 

La imagen de iglesia que el lector de los Hechos puede deducir de Hch 2,42-47

 


 

- Una iglesia que es consciente de ser depositaria de las promesas hechas a Israel y que, por tanto, vive su condición de pueblo de Dios en comunión con la religión de los padres. Una iglesia que es igualmente fiel a Jesús y que, a imitación suya y en continuidad con él, frecuenta el Templo y celebra la fracción del pan, pero que al mismo tiempo comienza a distinguirse del judaísmo a través de unos valores nuevos y una práctica religiosa propia.

- Una iglesia fiel al anuncio evangélico, a la enseñanza apostólica y a la catequesis; fiel al amor fraterno solidario y activo a través de obras concretas de caridad en favor de los más pobres; una iglesia fiel a la celebración de la fracción del pan, a la Eucaristía, que es su centro y la fuente vital de su existencia.

– Una iglesia fiel a la oración como espacio vital de alabanza y gratitud, de confianza y comunión; una iglesia que vive la pobreza como condición de solidaridad y caridad hacia los más pobres; una iglesia que vive en el gozo constante que brota de su fe en el Resucitado, disfrutando al mismo tiempo de la estima de todo el pueblo. Una iglesia abierta a Israel y al mundo entero, que fue punto de referencia para las iglesias del tiempo de Lucas y que lo será para la iglesia de todos los tiempos.

 

 Estudios sobre el evangelio de Juan

Estudios sobre los Hechos de los Apóstoles