Misa de la noche de Navidad

 

Silvio José Báez, o.c.d.

Obispo Auxiliar de Managua


Is 9,1-3.5-6

Tit 2,11-14

Lc 2,1-14

 

           En la noche de Navidad la comunidad cristiana está invitada a contemplar con gozo y gratitud el misterio del nacimiento del Salvador. La fe se vuelve admiración y plegaria humilde ante el pesebre de Belén, a imitación de María: "Y la madre estaba en pasmo / de que tal trueque veía: / el llanto del hombre en Dios / y en el hombre la alegría, / lo cual de el uno y de el otro / tan ajeno ser solía" (San Juan de la Cruz). Belén es el punto de encuentro culminante entre el Dios vivo y la historia de los hombres. Pero el Dios que se revela en el pesebre trastorna todas nuestras imágenes y representaciones suyas. Desaparece la imagen del Dios fuerte, poderoso, exigente, y se manifiesta el rostro de un Dios pequeño, débil, siervo, misericordioso.

        Esta es precisamente la grandeza y la omnipotencia del Dios que se revela en la pequeñez del Niño de Belén. Ha entrado en la historia silenciosamente, discretamente, sin pedir nada, respetuoso de la libertad del hombre. Nace pobre entre los pobres, lejos de los centros de poder y del camino de los grandes de la historia, "porque no había sitio para él en la posada" (Lc 2,7). En efecto, en Belén nace el Mesías que llevará a plenitud la esperanza de los pobres. En él se ha manifestado "la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres" (Tt 2,11). Su muerte y resurrección representan el inicio de un mundo nuevo, el vértice de la historia, el único evento capaz de dar sentido al camino histórico de la humanidad. "Un niño nos ha nacido" (Is 9,5). ¡Alegrémonos y gocémonos!, ¡Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres que ama el Señor! (Lc 2,14).

 

        La primera lectura (Is 9,1-3.5-6) es un canto de gozo y de esperanza que brota desde el corazón de un pueblo, que antes "caminaba en tinieblas" y que ahora "ha visto una gran luz" (v. 1). El poema de Isaías hace referencia a un grupo humano que ha sufrido la angustia, el hambre, la violencia de la guerra y la injusticia (Is 8,23), pero que ahora encuentra motivos para alegrarse y para esperar. El conocido contraste bíblico entre "luz" y "tinieblas" sirve para expresar este cambio radical en el horizonte histórico del pueblo. La luz es la primera obra de la creación, casi como la creatura primogénita de Dios (Gn 1,3). Es imagen de la vida y de la salvación que viene de Dios: "En ti está la fuente viva, y tu luz nos hace ver la luz" (Sal 36,10), es como el vestido de Dios, expresión de su dignidad y de su poder salvador: "Tú te vistes de majestad y de esplendor, envuelto en la luz como de un manto" (Sal 104,1-2).

        La luz revela el misterio de Dios en forma particular: "Dios es luz, y no hay en él oscuridad alguna" (1Jn 1,5). Y Jesús dirá: "Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina en tinieblas" (Jn 8,12). El texto de Isaías habla de "una gran luz", una luz que simboliza la salvación y la paz, dones que vienen de Dios y que transforman el oscuro horizonte de un pueblo oprimido. Junto a la luz aparecen diversos términos que evocan el gozo: "Has multiplicado su júbilo, has aumentado su alegría" (v. 2). La luz-liberación que Dios ofrece produce en el pueblo un especial regocijo. La luz evoca la acción salvadora de Dios; el gozo, la respuesta del hombre que experimenta la paz y la salvación.

        El texto del profeta ofrece tres razones que explican tanta alegría (vv. 3-5): (a) Dios ha hecho desaparecer al tirano y al opresor ("has roto el yugo que pesaba sobre ellos"), (b) no queda ya ningún residuo de guerra o de violencia ("arden la bota del guerrero prepotente y su manto empapado de sangre"), (c) un personaje misterioso aparece en el horizonte de la historia dando nuevas esperanzas ("un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado"). Esta última afirmación es central en el poema y necesita ser explicada. Isaías no habla precisamente del nacimiento de un niño, sino de la ascensión al trono de un nuevo rey. Utiliza el mismo lenguaje de corte que encontramos en tantos textos monárquicos del antiguo Egipto para hablar de un nuevo soberano. Sus palabras evocan el rito de entronización del rey en Israel, que el día de la coronación era adoptado por Yahvéh como su hijo. Basta recordar el Salmo 2, que representa una liturgia de entronización: "Yo mismo he establecido a mi rey en  Sión, mi monte santo... Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy. Pídemelo y te daré en herencia las naciones, en propiedad todos los países del mundo" (Sal 2,6-8).

        El pueblo se goza, porque junto a las nuevas perspectivas de paz y de liberación (fin de la guerra, ausencia de todo poder opresor y tiránico) sube al trono un soberano que suscita grandes expectativas. Isaías habla probablemente del rey Ezequías, en quien el pueblo depositó muchas esperanzas. Este es el sentido de los títulos de los que se habla a continuación: "consejero maravilloso" (capaz de realizar proyectos extraordinarios y de llevarlos adelante), "Dios fuerte" (hombre dócil y abierto a la omnipotencia de Dios que lo ha adoptado como su hijo y que desea manifestarse a través suyo), "padre para siempre" (un rey que como padre providente se preocupe por el bienestar de su pueblo), "príncipe de paz" (un gobernante que utilice su capacidad y su poder político para fomentar y conservar la paz). El profeta sabe que esto es soñar mucho y que sólo Dios podrá realizar semejante ideal. Por eso afirma al final del poema: "El celo (el amor ardiente y fiel) del Señor  todopoderoso lo realizará"  (v. 6).

        El texto de Isaías ayuda a hacer una lectura del misterio de la Navidad, más allá de lo sentimental y romántico, en clave de justicia y de salvación. El poema celebra la promesa hecha por Dios a David, pero en proporciones sobrehumanas. Lo que canta el profeta desborda lo que puede decirse de los reyes que sucedieron a David. Sólo en Cristo Jesús, Mesías y Salvador, el Hijo amado del Padre, a quien Dios ha querido dar "el trono de David su padre", para que "reine sobre la descendencia de Jacob por siempre y su reino no tenga fin" (Lc 1,32-33), se realiza en plenitud este oráculo.

        Antes de Jesús este texto fue solamente esperanza y ansia, ideal no cumplido, pero creído y deseado. Un grito del hombre y de la humanidad, un anuncio y una preparación. La noche de Navidad podemos decir con razón: "un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado". El Niño de Belén ha traído el reino de Dios, reino de justicia y de paz, de verdad y de luz para todos los hombres. Con él comienza para la humanidad una nueva aventura de luz y de gozo. Con razón decía san Bernardo comentando este texto de Isaías y aplicándolo a Cristo: "Admirable en el nacimiento, consejero en la predicación, Dios en el perdón, fuerte en la pasión, padre de la era futura en la resurrección, príncipe de la paz en la felicidad eterna".

 

    La segunda lectura (Tt 2,11-14) constituye una especie de profesión de fe de la antigua comunidad cristiana. El texto habla del misterio cristiano como de una "epifanía". Lo que estaba oculto se ha manifestado: "la gracia de Dios que trae la salvación a todos los hombres" (v. 11). La humanidad entera está llamada a abrirse al don de la vida en Cristo Jesús (v. 12) y a seguir esperando otra "epifanía", "la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo" (v. 13). El cristianismo no es una simple religión. Es la experiencia de una epifanía constante. El Niño trae la gracia y la salvación en la noche de Belén, anticipando otra noche, la última, cuando el Mesías aparecerá glorioso para inaugurar el nuevo cielo y la nueva tierra para todos los hombres. Encarnación, Pascua y retorno glorioso del Señor, se unen hoy en un solo misterio. Un misterio de vida y de gracia que nos llena de júbilo y esperanza.

 

 

 

                El evangelio (Lc 2,1-14) es el relato del nacimiento de Jesús. Un texto que conjuga magistralmente narración y teología, historia y contemplación. Jesús nace en la historia de los hombres (v. 1), pero en la ciudad de David (1Sam 16,1-13), en Belén de Judá (v. 4). Es hombre como todos los demás, pero es el Mesías y el Señor que nace como cumplimiento de las antiguas profecías. Jesús nace pobre entre los pobres. María y José no encuentran para él un lugar digno en la casa, "no había sitio para ellos en la posada" (v. 7). Una situación es de marginación y de pobreza.

        El Niño nace en un pesebre, en un lugar que servía para dar de comer a los animales (Lc 13,15). Este dato el evangelista Lucas lo repite tres veces (vv. 7.12.16). Su insitencia quiere subrayar la pobreza y la marginación en las que nace el Hijo de Dios, compartiendo desde el primer momento las condicones dramáticas de tantos hombres y mujeres de este mundo que viven en extrema pobreza. Y añade un detalle: María "dio a luz a su hijo primogénito y lo envolvió en pañales" (v. 7). La frase ha sido escogida con cuidado. En el libro de la Sabiduría se describe con esas palabras el nacimiento del rey Salomón (Sab 7,4). El evangelista quiere expresar el cuidado amoroso de María y la condición humana y real del Niño.

            La segunda parte del relato se desarrolla al aire libre, en pleno campo, donde unos pobres pastores cuidaban sus rebaños (vv. 8-14). También aquí el texto subraya el contexto de pobreza del nacimiento de Jesús. Los primeros destinatarios de la noticia son unos pobres pastores, despreciados en la sociedad de aquel tiempo porque debido a su oficio eran incapaces de observar la ley y las condiciones de pureza que ésta imponía. Es precisamente a ellos, gente que la sociedad y la religión margina y desprecia, a quienes Dios se dirige. Dos elementos son centrales en el relato: el ángel del Señor y la luz. Dos símbolos de la presencia divina y de su acción salvadora. El ángel, como mensajero del cielo, proclama un anuncio (en griego: euaggelízomai), una noticia que no es soltanto buena o bella, sino que tiene la fuerza de cambiar a quien la recibe. Un verdadero acto evangelizador.

        El cielo anuncia el evangelio a la tierra, y así comienza en Lucas la historia de la evangelización, que deberá alcanzar a todos los pueblos. Dice el ángel: "No teman, les anuncio una gran alegría, que lo será para ustedes y para todo el pueblo: les ha nacido hoy en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor" (vv. 10-11). La noticia es acompañada de un canto entonado por otros ángeles en el cielo que decían: "¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que gozan de su amor!". El cielo ofrece también la interpretación del hecho. El nacimiento del Niño es manifiestación de la gloria (hebreo: kabód, griego: dóxa) divina, es decir, de su poder salvador en favor de los hombres, y su fruto es la paz, el shalom bíblico, que encierra todos los bienes que abarcan la vida y la felicidad del hombre.

 

 

        El recuerdo del nacimiento de Jesús debe ser leído y meditado a la luz de la Pascua. El Niño que nace en Belén es el Mesías-Rey, que proclama y hace presente el reino de Dios a través de su palabra, de su vida, y sobre todo con su muerte y su resurrección. La fiesta de la Navidad nos pone delante de la opción de Dios por los pobres y sencillos. La alegre noticia de esta noche se dirige a quienes, como María, como José, como los pastores, viven abiertos a Dios como su única riqueza. "¡Bienaventurados los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios!" (Lc 6,20). La noche santa del nacimiento de Jesús nos invita a acoger el inmenso amor del Padre que nos ha dado a su Hijo (Jn 3,16), nacido del Espíritu (Lc 1,35) en el seno purísimo de María Virgen en la pobreza de  Belén (Lc 2, 7) hace dos mil años.

        Que la paz mesiánica, anunciada por los profetas (Is 2,1-5; 11,6-9), y realizada por Jesús de Nazaret en favor de los pobres de este mundo (Lc 4,18-19), llegue a nosotros y arraigue en nuestros corazones (Ef 3,17). Hoy que "se ha manifestado la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres" (Tt 3,4), proclamemos gozosos nuestra fe y nuestra esperanza en el Dios cercano que camina con nosotros y nos invita a transformar este mundo con la fuerza del amor.