DOMINGO XI

(Tiempo Ordinario - Ciclo C)

 

 

 

1 lectura: 2 Samuel 12,7-10.13. El Señor ha perdonado tu pecado.

 

Después que David ha actuado en modo reprobable y vergonzoso, asesinando a Urías y cometiendo adulterio con la esposa de éste (2 Sam  11), el profeta Natán se hace portavoz de Dios para condenarlo por su pecado. Natán pronuncia un oráculo, que comienza recordando los beneficios recibidos de Dios y concluye con la denuncia y condena de la acción cometida.

 

Natán le recuerda a David que el Señor lo ha elegido gratuitamente, le ha concedido innumerables victorias, lo ha bendecido en todo y está dispuesto a seguir bendiciéndolo; David, en cambio, con el crimen de Urías y el adulterio sucesivo, ha “despreciado la palabra del Señor”, pues “ha hecho lo que a él le parece mal” (v. 9). El discurso de Natán interpreta teológicamente la conducta de David. No es a Urías a quien ha ofendido, sino al Señor (Sal 51,6). No se trata solamente de un problema moral, sino de una ruptura de la relación con el Dios que lo ha amado y elegido.

 

Iluminado por la palabra profética, David responde escuetamente: “¡He pecado contra el Señor!”. Ha descubierto la verdad más profunda de lo que ha hecho y confiesa su pecado. Natán le comunica que el Señor lo perdona y que no morirá. (v. 13). La palabra de Dios, aun cuando denuncia y acusa el pecado del hombre, busca siempre salvar y dar vida.

 

 

2 lectura: Gálatas 2,16.19-21. Cristo vive en mí.

 

Pablo insiste en uno de los principios teológicos fundamentales de su pensamiento: el hombre es justificado ante Dios por medio de la fe y no por cumplir los preceptos de la Ley. La nueva relación con Dios, obtenida a través del perdón en Cristo Jesús, es un don gratuito; la Ley podía indicar la transgresión, pero no comunicar el perdón y el amor de Dios. (v. 16).

 

Ha muerto a la Ley y ahora realmente “vive para Dios” (v. 19). Ahora vive en comunión de fe y de amor con Cristo en su gesto supremo de amor: “estoy crucificado con Cristo”. Su vida terrena se define como vida de fe en el Hijo de Dios, “que me amó y se entregó por mí”; más aún, su vida se identifica con la misma vida de Cristo actuando eficazmente en él (v. 20).

 

 

3 lectura: Lucas 7,36-8,3. Tu fe te ha salvado, vete en paz.

 

Jesús está comiendo en casa de un fariseo, cuando inesperadamente una mujer anónima llega con un vaso de perfume y, llorando, comienza a besar los pies de Jesús y a ungírselos con el perfume. El gesto de la mujer escandaliza al fariseo, que piensa para sus adentros: “Si este fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora” (v. 39). La narración tiene algo de ironía. Mientras el fariseo pone en duda la condición profética de Jesús, porque cree que éste ignora qué clase de mujer es aquella, Jesús actúa proféticamente, leyendo incluso los pensamientos que surgen en el corazón del fariseo.

 

Jesús no se deja condicionar por la actitud escandalosa e hipócrita del fariseo e intenta por medio de una parábola iluminar el hecho para desmontar la actitud soberbia de aquel que lo había invitado a comer. El interés de Jesús no es tanto la pecadora, que de hecho ha sido perdonada. Jesús le dice, en efecto, a la mujer: “Tus pecados están perdonados” (v. 48).

En la parábola Jesús habla de dos deudores. El primero simboliza a la mujer que posee una viva conciencia de su pecado y del infinito perdón recibido y por eso se manifiesta llena de amor y agradecimiento; el segundo es el fariseo que, convencido de la superioridad de sus méritos es incapaz de ver sus pecados, no sabe vivir su relación con Dios con la intensidad de un amor grande y agradecido.

 

En la parábola y en la aplicación que de ella hace Jesús, se ha visto siempre una extraña incoherencia: la mujer ama mucho porque se le ha perdonado mucho (parábola); se le ha perdonado mucho porque ha amado mucho (aplicación). La incoherencia puede ser superada si se tiene en cuenta que amor y perdón son dos realidades correlativas. En la Biblia el arrepentimiento supone un acto de amor hacia Dios, a quien se ha ofendido con el pecado, pero al mismo tiempo supone una experiencia gratuita de amor, en el sentido de tener conciencia de ser amado, atraído y fascinado por el amor de Dios que perdona. Quien ha sido perdonado, ha restablecido su relación con Dios a través de su perdón amoroso; al mismo tiempo, expresa el perdón recibido con un amor agradecido. El perdón supone el amor (de Dios) y se expresa en el amor (a Dios).