Domingo de Resurrección


 

 

Cristo Jesús, el crucificado, ha resucitado! ALELUYA! Cristo Jesús, el crucificado, ha resucitado! ALELUYA!

 

 

 

 

 

 

 

1 lectura: Hechos 10, 34a.37-43. Hemos comido y bebido con él después de la resurrección.

 

En casa del centurión Cornelio, Pedro pronuncia un auténtico discurso kerigmático. Inicia a partir de datos históricos conocidos por todos (v. 34), mencionando el bautismo de Jesús y su ministerio en Galilea (v. 38). A estos datos históricos, añade la fuerza del testimonio personal: “Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén” (v. 39a). Como conclusión de la historia terrena de Jesús, Pedro recuerda el hecho sangriento e injusto de la cruz: “lo mataron colgándolo de un madero” (v. 39b).

 

A continuación proclama que, en abierto contraste con la injusticia cometida por los hombres, Dios ha intervenido resucitando a Jesús: “Dios lo resucitó al tercer día” (v. 40). Este es el gran anuncio de la novedad pascual. Dios ha hecho justicia a su Mesías, a sus opciones y a sus actos de liberación, glorificándolo a través de la resurrección. Después de refrendar nuevamente el anuncio con el testimonio personal: “nosotros hemos comido y bebido con él, después de su resurrección” (v. 41), el discurso kerigmático concluye con la proclamación del don de la salvación de Cristo: “los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados” (v. 43).

           

 

2 lectura: Colosenses 3,1-4. Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo.

 

            El autor de la Carta a los Colosenses presenta el misterio pascual y la existencia cristiana en clave de exaltación, utilizando la simbología espacial que coloca el mundo de la trascendencia en lo alto y la existencia humana abajo. Ya que Cristo Resucitado está “allá arriba”, “sentado a la diestra de Dios, se exhorta a los bautizados, que “han resucitado con Cristo”; a aspirar “a los bienes de arriba, no a los de la tierra”.

 

El mundo de arriba es la condición gloriosa de Cristo, el hombre nuevo; la tierra indica el mundo de abajo, el hombre viejo. El bautizado ha muerto en Cristo al pecado y ha nacido a una vida nueva (cf. Rom 6,2-7). Su nueva existencia, sin embargo, está “escondida con Cristo en Dios”, vivida y percibida en la fe; pero un día se manifestará en toda su gloria junto con el Cristo glorioso.

 

 

3 lectura: Juan 20,1-9. Él había de resucitar de entre los muertos.

 

            El Cuarto Evangelio presenta la Resurrección a través de los signos de la presencia del Resucitado y por medio de los diversos encuentros de Cristo con sus discípulos. En la perspectiva joánica, los relatos pascuales representan la toma de conciencia progresiva de la comunidad de que la cruz no ha sido un evento de derrota y de humillación, y de que la resurrección es el inicio de la vuelta de Cristo al Padre y  de su nueva presencia en medio de los suyos.

 

            El primer día de la semana, María Magdalena va al sepulcro. A diferencia de los relatos de la tradición sinóptica, María va sola, no entra en la tumba, ni encuentra ángeles, ni recibe ningún anuncio. Solamente “vio la losa quitada del sepulcro” (v. 1). Luego corre a llevar la noticia a Pedro y al discípulo amado (v. 2). Sus palabras: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde los han puesto” (v. 2), no es todavía un verdadero anuncio pascual, pero es ya el primer dato que conmueve al grupo de Jesús aquella mañana y que empuja a los discípulos a confrontarse con el hecho.

 

            Pedro y el otro discípulo van corriendo al sepulcro. El Cuarto Evangelio subraya la importancia de las dos figuras en el momento inicial de la fe pascual. Según el Deuteronomio, los testigos de un hecho deben ser dos (Dt 19,15). “Corren juntos”, pero cada uno vive en modo personal su experiencia de búsqueda de los signos visibles del Señor. El discípulo amado “corría más”, movido por su intuición amorosa, él ha sido el predilecto de Jesús, estuvo junto a él en la Cena y al pie de la cruz; Pedro, va más lento, es el encargado del grupo y probablemente su carrera encarna el peso de la responsabilidad y de la institución eclesial.

 

            El discípulo amado llega al sepulcro, ve pero entra; después llega Pedro y constata que todo está en perfecto orden dentro. El sepulcro, las vendas y el sudario son signos de que Jesús ha sido liberado de la muerte, aunque no constituyen una prueba en el pleno sentido de la palabra. Después entra el otro discípulo, “vio y creyó”, o mejor, según un matiz posible de la formal verbal griega del verbo pistéuō: “comenzó a creer”. Se abre a la fe, a través de unos signos visibles, pero no es todavía la fe completa en la resurrección.

 

“Hasta  entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos” (v. 9). Después de aquel primer paso, será necesario el encuentro personal con el Señor Resucitado y que reciban de él el don del Espíritu para llegar a la nueva comprensión de la Escritura.