Mons. Silvio José Báez, o.c.d.

 

 

Gen 2,7-9; 3,1-7

Sal 50

Rom 5,12-21

Mt 4,1-11

 

            El evangelio de hoy nos presenta a Jesús, como el verdadero Adán, el hombre perfecto y fiel al proyecto de Dios. El Adán de Génesis 2, que ha encontrado la muerte a causa del pecado, vuelve a resplandecer en el horizonte de la historia en el hombre Jesús de Nazaret. Israel, que ha murmurado y ha sido infiel durante cuarenta años en el desierto (cf. Ex 15-17; Num 11-14), encuentra en el Mesías Jesús su expresión plena y auténtica.

 

La primera lectura (Gen 2,7-9; 3,1-7) constituye una grandiosa reflexión sapiencial sobre el hombre de todos los tiempos. Contrariamente a lo que se afirmaba hasta hace pocos años estos capítulos no provienen de la antigua época de la monarquía davídica en el s. X a.C., sino que, como se deduce del análisis del vocabulario y de los temas teológicos, son fruto de una tradición sapiencial más tardía y madura que probablemente hay que ubicar en el tiempo del exilio (siglos VI-V a.C.). Nos encontramos, por tanto, delante de una reflexión teológica en forma narrativa acerca de la experiencia histórica de Israel que supone la terrible noche oscura del destierro en Babilonia: el pueblo llegó a perderlo todo por haber seguido una sabiduría distinta a la de Dios, que no sólo promete más de lo que después logra dar, sino que además arrastra al desastre y a la muerte.

El capítulo 2 del Génesis describe el proyecto ideal del Creador, hecho de armonía y de luz; el capítulo 3, en cambio, presenta el resultado de un proyecto alternativo que el hombre ha querido realizar prescindiendo de Dios y cuyos resultados trágicos han sido experimentados por Israel y por todos los hombres, porque todos los hombres han pecado (cf. Rom 3,9; 5,12). El capítulo 2 habla de ’adam, un nombre hebreo colectivo que significa "humanidad", una humanidad llamada a vivir en íntima relación con la tierra (’adamah) pero que ha recibido su existencia entera de Dios su Creador (Gn 2,7).

En el capítulo 3, en cambio, el hombre es descrito arrastrado por una sabiduría y una voz diversa a la de Dios, representada en la serpiente, símbolo de los cultos idolátricos cananeos de la fertilidad. Las palabras que el narrador pone en boca de este animal representan la oposición total y radical a la palabra de Dios. La serpiente, afirmando que Dios no quiere que el hombre coma de ningún árbol del jardín (Gen 3,1), representa toda una sabiduría (una mentalidad) que imagina a Dios como alguien que es malo, que no quiere la vida del hombre y que, en cierto modo, es su rival. En la Biblia, la sabiduría es una forma de vida, es una forma de pensar, una serie de actitudes que orientan la conducta de todos los días. La serpiente representa la sabiduría que lleva a la muerte, que se opone al proyecto de Dios y que empuja al hombre a vivir idolátricamente, poniéndose como nuevo y único dios. Es el drama de la historia humana y de nuestra vida de todos los días. Es el pecado "original" porque se encuentra en el origen de todo pecado.

 

La segunda lectura (Rom 5,12-21) nos presenta dos Adanes, dos humanidades que se contraponen en la historia y en nuestra vida de todos los días. El primer Adán (Génesis 2-3) representa la humanidad que va a la muerte a causa del pecado; el segundo Adán (Rom 5,12-21) es Cristo y todos aquellos que, unidos a él y como él, siguen los caminos de Dios y hacen de la sabiduría de la Palabra su norma de vida. Jesús vivió la experiencia de Adán frente de las propuestas de Satanás y repitió también la experiencia de Israel tentado en el desierto. Jesús, asumiendo todas nuestras debilidades (Heb 4,15: "ha sido probado en todo como nosotros excepto en el pecado"), ha repetido nuestra experiencia humana delante de tantas propuestas egoístas de orgullo, de egoísmo y de poder.

 

El evangelio (Mt 4,1-11) nos relata la dramática realidad de “la tentación” de Jesús. A él también, como al Adán del Génesis, le es presentado un proyecto alternativo, una propuesta "dia-bólica" (etimológicamente en griego el término indica "separación") que lo alejaría de los caminos queridos por Dios. Es lo que llamamos la tentación.

Esta relato, de carácter teológico, ha sido compuesto y transmitido, no para informar acerca de un episodio de la vida de Jesús, sino para mostrar el modo con que el Hijo de Dios comprendió y vivió su misión mesiánica. Se quiere subrayar el hecho de la tentación en la existencia de Jesús, no el modo en que históricamente se presentó. El modo es presentado en manera antropomórfica y constituye solamente el marco narrativo.

A Jesús se le presentan tres propuestas diabólicas que en realidad son una sola: el tentador quiere que Jesús reniegue de su condición de Hijo obediente de Dios manifestada en su Bautismo (Mt 3,13-17) y reduzca los horizontes del reino a una mezquina ideología humana que busque satisfacer exclusivamente las necesidades materiales del hombre (tentación del pan - mesianismo terreno); que se manifieste como perversión de la religión que, en lugar de servir a Dios, se sirva de él (tentación del templo - mesianismo mágico y milagrero); y que se exprese como poder opresor y egoísta (tentación del monte - mesianismo político).

Las tres tentaciones son en realidad una sola. El tentador incita a Jesús a renunciar a su condición de Hijo obediente de Dios (cf. Mt 3,13-17), proponiéndole el camino de un mesianismo espectacular y triunfalista. Jesús responde a las proposiciones del tentador con la palabra de Dios, citando tres textos del Deuteronomio, que expresan y sintetizan su actitud (cf. Dt 8,3; 6,16; 6,13-15).

Jesús, a diferencia del Adán del Génesis y del Israel del desierto, se mantiene fiel a Dios En el desierto vive totalmente de la Palabra y del Espíritu. El Espíritu no solamente conduce al desierto a Jesús, sino que también es la fuerza divina con la cual supera la prueba y se mantiene fiel a la palabra de Dios. Se muestra así como el elegido de Dios, en cuya humanidad se revela la naturaleza de su filiación divina.

 

 

La Palabra de Dios nos invita hoy a vivir en el desierto de la vida unidos a Jesús el Mesías, el nuevo y definitivo Adán, modelo de la verdadera humanidad. Mientras actuemos como el Adán del Génesis encontraremos la frustración y la muerte, porque "por el delito de uno solo todos murieron" (Rom 5,15), pero si vivimos unidos a Jesús, Mesías obediente al Padre (cf. Rom 5,19) con la fuerza de su gracia caminaremos hacia la vida verdadera sin ceder a las tentaciones del Maligno, porque "por la obra de uno solo, Jesucristo, vivirán y reinarán los que reciben en abundancia la gracia y el don de la salvación" (Rom 5, 17).